Un bañito de agua de mar

Un poco de contexto. Yo crecí en la ciudad pero siempre fui una enamorada del mar.  Recuerdo muy bien la primera vez que me llevaron a Puntarenas. Aquel inmenso océano me daba mucha curiosidad. También recuerdo muy bien ir escuchando 103 y Maná cuando mis hermanos mayores solían llevarnos a la playa en mi infancia. Así pasé mi juventud también, llendo y viniendo, conociendo el Caribe, y el Pacífico Central, tomando café en los amaneceres, deleitándome con los atardeceres. Guardo experiencias muy gratas y vívidas de esos viajes.

El océano por primer vez en los años 90s

Cuando terminé la universidad, trabajé haciendo otros oficios por un par de años. En la primera oportunidad que tuve aproveché una oferta de trabajo en el área de educación. A seis horas de mi hogar, me mudé a las Playas del Coco. Vivir cerquita de la playa fue un sueño hecho realidad en aquel momento.
Pasado ese año, el Ministerio de Educación Pública me ofreció un puesto en propiedad específicamente en el área de Educación Especial de regreso en la ciudad. La verdad lo pensé mucho. Si bien me iba generar estabilidad por el resto de mi vida y era un verdadero golpe de suerte al nunca haber trabajado yo para el gobierno, yo acababa de conocer a mi futuro esposo y además no quería regresarme a vivir al caótico San José. Finalmente tomé la decisión de que si ese hombre y yo estábamos destinados a una vida juntos, lo lograríamos de alguna forma. Por más que amaba vivir en la playa no podía tampoco sobreponer ese deseo a una vida de estabilidad. Empaqué mis cosas y me fui.
Y él, se fue conmigo. Por un año ambos vivimos y trabajamos en la ciudad. Yo solicité un traslado de regreso al Pacífico en Abril pero no sabría los resultados de esa solicitud hasta fin de año. Conocí gente que tenía 10 años de pedir traslados justificándose con dictámenes médicos. Yo solo tenía una carta. Tenía esperanza pero también sentía una inmensa zozobra. En Octubre, él decidió que su trabajo allá no estaba dejado los resultados que él quería y renunció. Yo me quedé triste. Lloraba todos los días. Por dos meses viajé 6 horas los viernes y 6 horas los domingos para poder reencontrarnos. Hasta que mi teléfono por fin sonó. Había una plaza vacante en Liberia, a 35 minutos de El Coco. Ese día lloré de la emoción. Después de la graduación de los niños, tomé el primer bus y me devolví a mi amado Playas del Coco. Un viaje sin retorno. Era el destino.

Tengo ahora 4 años de vivir en forma permanente acá. Él y yo nos casamos y hemos echado raíces. Con el nacimientode mi hija no puedo imaginarnos viviendo en otro lugar. La visualizo creciendo a la orilla del mar, en un clima cálido, jugando entre la arena y las conchas y sin las preocupaciones de la vida en la ciudad.

Una experiecia memorable. Tomando en cuenta ese contexto podrán entender porqué su primer bañito de mar era una experiencia que yo deseaba que fuera muy hermosa, un recuerdo que pudiéramos guardar por siempre en nuestro álbum. Nada más había que hacerlo en el momento indicado.
Ya mi bebé tiene experiencia con el agua. El pediatra había recomendado nadar en piscina desde los 3 meses. 2 meses después de haberla empezado a llevar a ella le encanta. Ya no le molesta que la sumerjan y juega siguiendo objetos y su desarrollo y avance motriz es evidente. Sin embargo el mar estaba desaconsejado hasta que pudiera sentarse y hasta que pudiera usar bloqueador solar, alrededor de los 6 meses. Ese día al fin había llegado. Adam quería hacer un viaje corto para determinar la logística de sus viajes en el barco de pesca. Aunque ya Monica había hecho algunos viajes en catamarán, el barco de pesca es siempre más peligroso por su tamaño y características. Preparamos todo con anticipación. Medimos el chaleco salvavidas y preparamos los atuendos, los pañales de agua, el bloqueador y los sombreros. Y allá fuimos, nos subimos a la embarcación, navegamos y llegamos a Playa Jícaro, una playita pequeña sin olas en la Península de Papagayo
La alisté para el agua, le puse mucho bloqueador solar y suavemente nos metimos. El agua estaba un poco fría. Así que primero metimos los piecitos, luego salpicamos y luego metimos todo el cuerpo. Ella se quejó un poco por la temperatura del agua pero no más de un minuto después estábamos bañándonos alegremente en el mar Pacífico. Ella chapoteaba y yo salpicaba agua a su alrededor. Nos quedamos solo unos 15 o 20 minutos. Fue tiempo suficiente para que luego ella durmiera una hora arrullada por la brisa del mar.
Un viaje inolvidable para nuestro álbum de fotografías. Justo como lo había soñado.

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